EL PACTO QUE CAMBIÓ EL MUNDO
La ambición espiritual de adherirse con más fuerza al Todopoderoso, requería una preparación especial.
D”s, entonces, indicó que se apresten “veKidashtam” (se aparatrán de los quehaceres mundanos) para escuchar los 10 mandamientos al tercer día (Shmot 19:10). El vocablo utilizado para señalar la acción de prepararse proviene del hebreo “Kedushá”: lo que es santo y excepcional.
Luego de haber superado el cobarde ataque de Amalek, el pueblo de Israel siguió su travesía por el Desierto de Sin, acercándose al Monte Sinaí.
Allí arribaron al mes y medio de haber salido de Egipto.
Atrás habían quedado las rencillas que los separaban y los cuestionamientos que habían efectuado a Moshé.
EL SITIO Y EL MOMENTO
El hecho que la Torá la recibieran en el desierto, no es un detalle menor: el desierto - yermo y desolado - simboliza la adhesión incondicional a la Torá. Del mismo modo que las dunas áridas no presuponen reservas o cláusulas que impongan restricciones, así también el pueblo de Israel no antepuso limitaciones en su aceptación a la propuesta de D”s.
Así también en el futuro, todo judío debe aceptar las determinaciones de D”s sin interponer condicionamientos a Sus exigencias.
A Sinaí llegó un pueblo unido, que en muy poco tiempo había logrado abandonar las actitudes que habían adoptado de los egipcios.
La elección del Monte Sinaí, a diferencia de otras montañas más llamativas, también deja una lección para el pueblo.
D”s reposa Su Majestad (y Su modelo perfecto de modestia) sobre los humildes y sencillos (Sotá 5.; Midrash Rabá, Bamidbar 13:4). Las otras cumbres - ciertamente ostentosas - aparte de simbolizar pompa y jactancia, también eran defectuosas (Meguilá 29.) pues habían sido sede u objeto de idolatría (Midrash Rabá, Bereshit 99:1).
Aquel día, D”s convocó a Moshé hacia la cima de la montaña, para ofrecer aquello que modificaría la historia de los humanos, como ningún otro evento lo haría.
Desde el momento que creó el universo, D”s había determinado dotar a los seres humanos de la Ley verdadera, pero este hito fundamental de la historia - y propósito central de la Creación - se había postergado una y otra vez.
Adam había pecado y fue echado del Edén. Sus descendientes también fueron pecadores y, por consiguiente, borrados por el diluvio. Los herederos de Noaj tuvieron una nueva oportunidad, pero construyeron la gran Torre de Bavel para desafiar a D”s - y no aceptar la Ley.
Solamente Avraham, que vivió en aquella época, adhirió a la idea de someterse totalmente a la Ley Di-vina. Fue por eso que D”s pactó sólo con él, que su descendencia sería premiada con una nueva posibilidad de recibir la Ley.
Habiendo crecido la prole de Avraham y atravesado el difícil martirio del exilio egipcio, estaban ahora dispuestos a aceptar el ofrecimiento de la Torá.
Aquel momento era decisivo: si el pueblo de Israel aceptaba la Torá, el mundo seguiría su curso para que eventualmente la Torá incline su rumbo conduciendo a la situación en la que el Bien - según D”s determina qué es bien - prevalezca sobre el mal.
Si Israel se negara a someterse a la Ley de D”s, el mundo no tendría sentido de existencia, y volvería a su nulidad (Shabat 88.; Midrash Rabá, Ruth, introducción).
Se entiende, pues, porqué D”s provocaría un silencio absoluto en toda la Creación durante la Revelación (Midrash Rabá, Shmot 29:9): el universo entero dependía de aquel suceso.
D”s, pues, indicó a Moshé que explicara a la naciente nación, que Su propuesta no era meramente un conjunto de leyes, sino que su aceptación los convertiría en “un reino de sacerdotes y una nación sagrada”.
O sea: su vida se transformaría en cada uno de sus segmentos, y hasta el acto más “banal” se tornaría en significativo, y estaría contemplado por las normas.
No solo eso, sino que serían el modelo de conducta para el resto de la humanidad, que hasta aquel momento no había aún admitido la Autoridad Moral de D”s.
Sin embargo, la aceptación de la ley de la Torá debía ser incondicional.
Eso los diferenciaría de las demás naciones (a quienes se les ofreció la Ley, pero pusieron condiciones…).
El pueblo asintió, a pesar que esta aceptación los comprometía a una profunda modificación en la rutina de todos sus hábitos, y que el incumplimiento de sus deberes sería retribuida con escalofriantes sanciones, pues entendieron que su vida tendría significado y accederían a una Ley Eterna que no estaría empañada con subjetividades personales o de coyuntura.
Al unísono respondieron: “todo lo que D”s dijo, es lo que haremos”.
“ACATAREMOS Y APRENDEREMOS”
Este modo de responder del pueblo a la oferta de D”s fue único. El Talmud (Shabat 88.) señala que los judíos utilizaron en aquel momento una “expresión Celestial”, al adelantar su decisión de obedecer aun antes de comprender el significado de lo que debían cumplir, al igual que el manzano produce su fruto (con el que se compara la acción) - lo principal - antes que aparezcan sus hojas (el entendimiento), que son accesorias al fruto.
Pero el pueblo no quería simplemente recibir la Ley mediante Moshé: “¡Deseamos ver a Nuestro Rey!” (Mejilta Itró, 2; Rash”í 19:9) - reclamaron. Esto no implica que verían físicamente lo que no es visible, sino que llegarían a percibir la Torá por medio de la profecía de cada uno individualmente.
La ambición espiritual de adherirse con más fuerza al Todopoderoso, requería una preparación especial.
D”s, entonces, indicó que se apresten “veKidashtam” (se aparatrán de los quehaceres mundanos) para escuchar los 10 mandamientos al tercer día (Shmot 19:10). El vocablo utilizado para señalar la acción de prepararse proviene del hebreo “Kedushá”: lo que es santo y excepcional.
En la práctica - y aparte de la predisposición espiritual, el preparativo necesario antes de escuchar los Mandamientos de D”s, fue el apartamiento físico entre maridos y esposas durante tres días, la inmersión de todas las personas y sus vestimentas en la Mikvé (el Brit Milá ya lo habían practicado un día antes de salir de Egipto), como así también las ofrendas que traería Moshé en ocasión de la “conversión” nacional como “pueblo de D”s”, y de las cuales Moshé salpicaría de su sangre sobre toda la nación (Shmot 24:8 - Ievamot 46:, Kritut 9.).
Independientemente, Moshé debería levantar un cerco alrededor del Monte Sinaí, para evitar que las personas - en su afán por aproximarse a la Presencia Di-vina - intentaran subir a la montaña durante la escucha de los Diez Mandamientos.
EL PORQUÉ DEL PREPARATIVO
¿A qué se debían los diversos pasos preliminares a la recepción de las leyes?
R. Sh.R. Hirsch sz”l señala que la característica irrepetible del acontecimiento que había de suceder, era que el caso de la entrega de la Torá, no se trataba de un estatuto creado por seres humanos, sino de preceptos - externos a las concepciones reinantes de los hombres de aquel entonces - y transmitidos por el Todopoderoso y legado a seres humanos.
Inversamente, todos los reglamentos de los humanos han surgido de dentro de una sociedad. Claramente, las leyes que elaboran los hombres están limitadas a la sociedad y a la coyuntura en la que fueron ideadas, y varían con los cambios de la gente y sus nuevas costumbres.
La Ley de la Torá, en cambio, es eterna, y, por lo tanto, quienes la aceptaron debían aprestarse a recibirla mediante el compromiso de obedecerla aunque modificara su forma de vida.
Los “tres días de restricción” demostraron que la Torá estaba siendo dada a quienes se comprometían con ella hacia el futuro, y no a quienes ellos mismos habían sido hasta aquel momento decisivo.
La limitación respecto a subir a la montaña, separaba la esfera de Quien transmitía la Torá, respecto a quienes la recibían.
Durante la ceremonia de la entrega, el Monte Sinaí pasó a pertenecer a la Órbita Celestial, separándose físicamente mediante el cercado del espacio de lo humano.
LOS DIFERENTES ASPECTOS DE LA REVELACIÓN DI-VINA
En el Seder de Pesaj entonamos los célebres párrafos de “Daienu”, alabando a D”s por los distintos momentos en que Él nos asistió. Entre otras loas proclamamos: “¡Si nos hubiese acercado al Monte Sinaí y no nos hubiese dado la Torá: Daienu - habría sido suficiente razón para elogiarLo!”
Esta frase nos sorprende: ¡¿De qué nos hubiera sido útil estar presentes en Sinaí - sin recibir la Ley?!
La respuesta a esta pregunta la encontraremos en los diferentes aspectos de este magno evento, que marcó “un antes y un después”.
EL NIVEL PROFÉTICO - Y LOS ENGAÑOS
Uno de de los aspectos determinantes fue la extraordinaria y universal Revelación Di-vina.
Encontrarse frente al Monte permitió a los judíos alcanzar un estado de profecía al cual pueden acceder los profetas después de muchos años de elevación espiritual.
En aquella circunstancia, los judíos pudieron vivenciar algo que excede la percepción habitual de los cinco sentidos, con los cuales experimentamos lo que sucede en nuestro entorno, habitualmente.
El versículo lo describe de la siguiente manera: “Y todo el pueblo veía las voces (pronunciaciones) y las llamaradas...”.
“Ver voces” no responde a la sensación humana terrenal. Pertenece a la esfera de la profecía.
Todos - frente al Monte - supieron con claridad absoluta, que D”s se manifiesta a la humanidad y le transmite lo que debe hacer. Este concepto es uno de los trece artículos fundamentales de nuestra fe.
Así, dice el Ramba”m (Iesodei haTorá, 8:1): nuestros padres no creyeron porque vieron milagros, sino que experimentaron personalmente la Presencia de D”s que les hablaba.
Aquel, cuya creencia está basada meramente en haber contemplado fenómenos que superan a la naturaleza - tal como la conocemos, “posee perfidia en su corazón”.
La Torá ya nos advirtió sobre no dejarnos llevar por personas que pretendan demostrarnos sus “verdades” haciéndonos milagros (D’varim 13:2).
Aún así, después que escucharon la Voz de D”s, y se percataron que su elevado estado espiritual también significaría una incrementada y aun más minuciosa exigencia en la propia conducta, pidieron a Moshé que querían volver a su estado no-profético anterior, puesto que sospechaban que no estarían a la altura de vivir continuamente como profetas, sin pecar, y siendo responsables hasta de los más minúsculos yerros: “Acércate tú y escucha todo aquello que D”s quiere decir y dínoslo tú.... y nosotros atenderemos y obedeceremos”. D”s consintió a este pedido y les permitió renunciar a aquel obsequio especial.
D”s ofrece un crecimiento espiritual ilimitado, pero no obliga a asumir niveles superiores a los que uno mismo desea.
Fue entonces que Moshé mantuvo un grado de profecía al que no accedió ningún otro ser humano jamás.
Desde ese momento volvieron todos - menos Moshé - a sus vidas cotidianas.
Cotidianas, pero no a la misma vida anterior. Ahora no solo eran la nación de D”s y se habían comprometido a cumplir todos los preceptos que aún debían aprender, sino que habían desechado la mancha moral que reposaba sobre toda la humanidad desde que Adam y Javá - los primeros seres humanos -comieron del árbol del que debían abstenerse.
UN NUEVO COMIENZO
La Revelación los había transformado en una Creación original - libre de todo vestigio de pecado “Paská zuhamatán” (Shabbat 146.).
Del mismo modo en que se habían corregido todos sus defectos físicos, tal como se menciona en Shir HaShirim (4:7): “eres totalmente hermosa, mi querida, y no hay imperfección en ti”, así también se subsanaron sus insuficiencias espirituales.
Efectivamente, los judíos que recibieron los mandamientos fueron como recién nacidos (Midrash Rabá, Shir HaShirim 8:1).
Sin embargo, desafortunadamente, perdieron muy pronto parte de esta condición elevada que obtuvieron al permitir posteriormente que algunos hicieran el becerro - apenas cuarenta días después.
EL IMPACTO PARA LA ETERNIDAD
Adicionalmente, debemos recordar que este evento debería quedar grabado en la conciencia nacional para todos los tiempos.
Efectivamente, la huella que estampó este suceso en nosotros, los descendientes de aquellos, nos permitió enfrentar muchas pruebas extraordinariamente arduas y sacrificadas.
El relato de las circunstancias en la que ocurrió la Revelación está dos veces en la Torá: En Shmot (Cap. 19 y 20) y nuevamente en Dvarim (Cap. 5, cuarenta años más tarde), cuando Moshé advirtió a la segunda generación - aquella que ingresaría a la tierra de Israel - que sigan observando la Torá. En aquella coyuntura, Moshé advirtió a los judíos que sean muy cuidadosos y no olvidar aquello que habían visto con sus ojos.
Que nosotros vivamos como judíos hoy, a pesar de haber estado expuestos a tantas culturas antagónicas y sufrido tanto en el exilio, demuestra la fuerza y la magnitud de aquel evento único.
Adicionalmente, la Revelación imprimió una huella en el carácter y conducta de cada judío.
Un elemento indispensable para permanecer fiel a la Torá, es el rubor ante el pecado. La vergüenza es la expresión de la conciencia - siempre y cuando ésta sea manifiesta y transparente.
Es por eso que los Sabios mencionan que “todo aquel que no posee pudor, es señal que sus antepasados no han estado frente al Monte Sinaí” (Nedarim 20.).
NO OLVIDAR
La Torá nos advirtió no olvidar el magno evento y transmitirlo de modo inalterado a hijos y nietos con la claridad y certeza que implican la vivencia personal de los que habían sido testigos oculares a través de todas las generaciones (Dvarim 4:9).
En términos muy contundentes, la Torá exhorta a convertir para siempre esta convicción en punto de partida mediante el cual se evalúe cualquier teoría o propuesta que se le presente.
Esto solamente sucederá si el estudio de la Torá fuera establecido como prioridad en la mente de cada judío, evitando así que otras presunciones y proposiciones la desplacen de esa solidez lúcida (Pirkei Avot 3:8).
EL PACTO SINGULAR
Y no olvidemos: frente a Sinaí se selló aquel pacto singular entre D”s y los humanos - nuestros abuelos - que uniría por siempre el destino de nuestra nación con el objetivo por el que fue creado el universo.
Cada una de las partes se comprometía a lo suyo. D”s accedía a un mayor acercamiento al pueblo de Israel y juró no abandonarlos jamás (pasamos allí a ser Sus “hijos primogénitos”) y el pueblo a su vez se comprometió a obedecer todas Sus leyes.
En otras palabras, el curso de la historia que conduce adonde D”s determina que curse, está íntima e inseparablemente hermanado a la trayectoria del pueblo de Israel.
El seis de Sivan, una vez que todos los judíos se hubieron preparado durante tres días para escuchar la Voz de D”s, la Presencia de D”s se hizo notar en el Monte que estaba ardiendo y rodeado de un intenso humo, con fortísimos estruendos y el Sonido intenso en aumento inconmensurable del Shofar Celestial.
Moshé entonces, condujo al pueblo hasta el pie del Monte. Allí permaneció junto a todos los judíos para escuchar los Mandamientos.
LA INTIMACIÓN A LA LEY
El pueblo se paró “debajo de la montaña” (Shmot 19:17).
Si bien se puede entender que el versículo nos indica que estaban al pie de la montaña, y esa debe ser la explicación simple e inmediata, el Talmud (Shabbat 88.), sin embargo, tiene una tradición adicional sobre este versículo.
En las palabras de los Sabios, este pasaje enseña que “D”s colocó sobre ellos la montaña en forma de olla” (en hebreo sería “kafá aleihem Har keGuiguit”), diciendo al pueblo: “si aceptan la Torá, bien; de otra manera, este será el sitio de vuestra tumba”.
En otras palabras, lo que este Midrash nos está refiriendo, es que hubo un elemento de coerción Di-vina hacia el pueblo, en la aceptación de la Torá.
De todos modos, el Talmud nos dice a continuación, que volvieron a someterse a la Torá en la época de Ajashverosh (el milagro de Purim), unos 1.000 años más tarde - sin aquella sujeción obligatoria inicial, sino por propia voluntad y albedrío.
Más allá de este último consentimiento posterior soberano de la gente, nos llama la atención el modo de expresarse del Talmud, en el sentido de que hubiera presión Di-vina, que obligara al pueblo de Israel a asumir la ley de la Torá, cuando los propios versículos de la Torá, parecieran indicar lo contrario.
¿No habíamos expresado previamente muy claro que el ofrecimiento de D”s al pueblo, respecto a que lo podía recibir de modo voluntario y espontáneo?
Y el pueblo había respondido que “acataremos y aprenderemos”.
¿A partir de qué instancia se trae, pues, la noción de que hubo obligación de admitir la Torá?
Cuando uno analiza en detalle el ofrecimiento de D”s, va a encontrar en la introducción de las palabras de D”s al pueblo, un párrafo que se podría haber ahorrado: “Ustedes han visto lo que he hecho con los egipcios, y los transporté a Uds. sobre alas de águila y los traje hacia Mi…” (Shmot 19:4). ¿Por qué era necesario este prólogo, y de qué manera se relaciona con lo que venimos tratando de entender?
D”s “ayudó” a esa decisión del pueblo con una frase que tenía dos compromisos:
En primer lugar, los israelitas no podían negar la Omnipotencia de D”s, pues - como lo advierte este pasaje - ellos habían presenciado y visto lo sucedido en Egipto: las plagas, la partición del mar, etc. No podían negar ni desconocer Quién rige los destinos de este mundo, ni el rumbo al que conduce la maldad (como les sucedió a los egipcios).
En segundo lugar, hay en estas palabras una apelación al sentimiento de gratitud que debe tenerse por la bondad que se recibió: “…y los transporté a Uds. sobre alas de águila y los traje hacia Mi…” De haber sido esclavos humillados y abusados, pasaron a convertirse en una nación libre en ruta a una tierra propia, alimentados con pan celestial (el Man), y saciados con aguas milagrosas en medio del desierto inhóspito. Ante semejante amabilidad y cortesía: ¿era posible negarse?
De acuerdo a lo que acabamos de explicar, la frase de “estar bajo la montaña” cobra un significado revelador: la claridad conceptual y el deber ético de gratitud, representan un vigor de exigencia tan fuerte como si uno estuviese bajo una montaña, sin escapatoria. O sea: podían - en teoría - rehusarse a la lúcida verdad de lo percibido personalmente, y ser ingratos, pero no era sensatamente posible.
LA SINAGOGA: UNA RECREACIÓN DEL SUCESO
Estuvieron de pie, entonces, cuando D”s les impartió los Mandamientos.
Nuestras sinagogas también poseen (y deben poseer) esa similitud con aquel único e histórico sitio y momento en que los seres humanos aceptaron y recibieron la Torá, que es la esencia de nuestra vida, nuestra razón de ser y debe transformarse en el fundamento ético de cada uno de los actos de nuestra vida.
El momento de la lectura de la Torá debe ser tomado con toda la seriedad que implica: una reproducción y repetición en miniatura de lo que la Torá denomina este día como el “Iom haKahal” (Día de la Convocatoria) (Devarim 9:10, 10:4) pues allí definimos nuestra aceptación unánime e incondicional, que declara nuestra voluntad de obedecer la Torá y definirnos como judíos por sus leyes.
Es por eso también, que el diseño de la sinagoga tiene el espacio destinado a la lectura de la Torá en el centro y en un nivel más elevado al resto de la sinagoga, y los feligreses ubicados alrededor de ese centro.
Cuando se volvió a escuchar el Shofar luego de los Diez Mandamientos, Moshé se despidió del pueblo: subiría por cuarenta días a la Montaña a fin de aprender todas las leyes (hasta con sus más mínimos detalles y alcances) que deberían cumplir, para luego enseñárselas a todos.
Con ellos quedarían su hermano Aharón y su sobrino Jur, para guiarlos durante su ausencia.
Justamente cuando Moshé acababa de aprender todas las Leyes de Mano de D”s, el pueblo cayó presa de temor por la ausencia de su líder y construyó el becerro de oro.
Así se expresa el pueblo de Israel en relación a este triste incidente:
“Mientras el Rey estaba aún en el agasajo (Sinaí), mis malas acciones provocaron que disminuya el bálsamo agradable (al erigir el becerro); Pero, mi Amado (D”s) respondió con un atado de mirra, la fragancia que irradiaría del Santuario (el Mishkán) en el que Él residiría prontamente; tal un racimo de alheña, mi Amado multiplicó Su condescendencia para conmigo…” (Shir HaShirim 1:12, 13,14).
“En Jorev (Monte Sinaí) fueron engalanados con coronas (espirituales que denotaban su nobleza espiritual), y en (el mismo) Jorev las perdieron”, pero “volverán a merecerlas en el futuro” (Shabat 88.).
La Torá y el vínculo con D”s al que se habían obligado permanecerían con Israel para siempre.
Rab Daniel Oppenheimer |